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Sombras chinescas

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LA_GRGOLA_IMPASIBLE_TITERE_2

Llevaba tiempo esforzándome en acabar de escribir la novela. Solo los más allegados sabían que me había impuesto aquel reto, pero todos desconocían de qué iba la historia y aunque me moría de ganas de conocer su opinión sobre el relato, no dejaría que leyeran ni un renglón hasta que estuviera acabada. Entonces sería el momento de la verdad, de saber si el esfuerzo estaba compensado o por el contrario lo que había escrito era un autentico bodrio.

Por las circunstancias de mi trabajo disponía de poco tiempo libre y los momentos que podía dedicar a la familia y a la vida social se llevaban las horas necesarias para concretar la trama que quería plasmar en el libro. Soy una persona que se dispersa con facilidad y para escribir necesito intimidad y silencio. En ese entorno solitario los personajes pueden poseerme y explicarse, los paisajes se dibujan y los acontecimientos se entrelazan. Todo adquiere sentido si me entrego por entero a la narración, sin condicionantes externos que me distraigan.

Decidí que necesitaba aislarme, alejarme unos días de la ciudad, recluyéndome en un pequeño balneario que conocía de oídas. Era un establecimiento reformado, de principios del siglo diecinueve, con un toque modernista y de pocas habitaciones. Los tratamientos termales que ofrecían estaban algo desfasados pero era lo que menos me importaba. Conservaba un esplendido jardín donde disfrutar del aroma a madreselvas y lirios y reinaba un silencio que solo había encontrado en los claustros de algún monasterio. La habitación que reservé, aunque pequeña, se encontraba en un extremo del edificio, lejos del barullo de la cocina y los salones que podían distraerme.

La verdad es que era el entorno ideal para enfrentarme a los personajes que se desarrollaban en la novela.

Solo llevaba hospedado un día, cuando todo se complicó.

Era la hora del almuerzo y yo ya estaba instalado en una mesa individual junto a un ventanal que daba al jardín. Como era la parte del fondo del comedor, tenía una visión completa de la estancia y me entretenía observando a los escasos parroquianos que iban tomando asiento para la comida. Estábamos fuera de temporada y los dueños del balneario atendían relajados a sus clientes con trato familiar y desenfadado, obsequiando sonrisas y atenciones.

El metre acompañó a una anciana hasta su mesa. La mujer no paraba de farfullar mientras se sostenía del brazo del jefe de sala y lanzaba miradas altivas al resto de los comensales. Llevaba un vestido más apropiado para una gala de noche que para un simple almuerzo, aunque el bajo de la falda estaba descosido en una esquina y los colores del estampado habían perdido intensidad. Por su porte supuse que en su juventud fue una mujer bella y segura de si misma. Ahora interpretaba el papel de diva bajo una capa de maquillaje estrafalario que le quitaba toda la dignidad y se adornaba con joyas exageradas lustradas con bicarbonato.

Apenas se valía por sí misma y las piernas le temblaban a cada paso, lo que no impidió que exigiera con vehemencia una mesa distinta a la que le habían asignado. Cuando estuvo satisfecha, pidió champan al camarero y dijo, que el menú del día no le gustaba y que prefería tomar lenguado con compota de manzana, ensalada sin cebolla y una ración de almejas al vino blanco. Ni el lenguado, ni los moluscos estaban en la carta pero el metre asintió con resignación y tomó nota del pedido.

En la mesa de al lado, una mujer delgada, de pelo largo y lacio, se ocultaba tras la carpeta del menú. Se la veía nerviosa, algo asustada y una tristeza flotante la envolvía. Pensé que si se sacudía aquella aura cenicienta resultaría atractiva. Tenía los hombros pecosos y angulados y su vestido de tirantes con escote cuadrado revelaba un pecho atlético y senos pequeños. Me recordaba a alguien pero no descubrí a quién.

La sorprendí mientras, furtivamente, me miraba y se ruborizó protegiéndose con la carpeta. Desvié la vista para no incomodarla, simulando leer mi propia carta, aunque, por el rabillo del ojo,  seguía observándola.

Aquella mañana me encontré con ella en la recepción del balneario. Yo subía de las termas, de un baño matinal en el momento en que ella se inscribía en el mostrador. Llegó sola, con apenas equipaje. Silenciosa y lánguida como una flor marchita. Cuando le dieron la bienvenida y le preguntaron qué cuanto tiempo iba a quedarse, contestó que no lo sabía.

No creo que en ese momento ella me viese, parecía tan exhausta que, la recepcionista, le recordó que el balneario contaba con un medico que supervisaba a los clientes, si estos lo solicitaban. La puerta del ascensor se abrió y entré en la caja aun atento a la recién llegada. Antes de que el ascensor se cerrara, la mujer contestó a la empleada que se encontraba bien y que no necesitaba al doctor. Solo venía a descansar y a poner orden en su cabeza.

Algo en su presencia, en su gesto, desnudaba una profunda soledad y su lucha interna por liberarse de ella. Pero su actitud la empequeñecía y temerosa jugueteaba con las copas sin levantar la vista del mantel.

El menú fue delicioso, preparado con mimo y con productos de primera calidad. Mientras degustaba las últimas cucharadas de mi copa de crocante de Ferrero Rocher helado, hizo su entrada en el comedor una familia peculiar, que rápidamente fue atendida por el metre y conducida a una mesa libre.

Al frente, casi por delante del jefe de sala, un hombre de unos sesenta años, con camisa naranja y pantalones de lino blanco, sandalias y un rutilante reloj de oro precedía a una mujer, de bonita figura, con el pelo recogido en una cola morena y que aparentaba ser bastante más joven que el patriarca. De su mano colgaba una dulce adolescente que no llegaba a la quincena, con rasgos orientales, pero de piel oscura como el café con leche. Se la veía dócil y bien educada, aunque me pareció que estaba en un estado de alerta permanente. Como cuando sabes que en cualquier momento te puede caer una colleja.

El que más me impresiono, fue el muchacho. Un joven de veinte años, espigado y huesudo, con un largo flequillo rubio y la piel del color de la cera, que se movía con gestos desgarbados pero fluidos. Algo en su porte lo hacía ambiguo, andrógino, misterioso. Lo observaba todo con cierta insolencia y al pasar frente a la vieja gloria, que apuraba su copa de champan, note cierto disgusto en los labios de la anciana.

La chica solitaria de la mesa de al lado, se hundió aun más en su silla, y ladeo la postura con disimulado rechazo.

Cuando el chico tomó asiento en su lugar en la mesa, quedó frente a mí e intercambiamos miradas. Una de sus pupilas estaba dilatada en extremo, y el iris, casi inexistente tenía el color del ámbar. Su otro ojo era normal, de un verde intenso y profundo. Me dejó fascinado.

Había algo en aquel grupo que los hacía poco convencionales, y no me refiero solo a su aspecto. La manera en que se relacionaban, aparentaba normalidad y buenas maneras, se mostraban afectuosos y solícitos, incluso demasiado para una familia normal. Se palpaba un ritual pactado de cara al espectador, como si ocultaran su verdadera manera de ser.

Degusté el último sorbo de mi café y me dije que era el momento de subir a la habitación, recuperar el capitulo en el que estaba trabajando y aprovechar aquella tarde, escribiendo.

Una vez instalado, frente al ordenador portátil, con el archivo abierto en la pantalla, me di cuenta de que era incapaz de concentrarme. Era imposible hilvanar la trama de unos personajes que hacía tiempo dormían en el disco duro del ordenador. Mis pensamientos se dispersaban una vez más y ni la protectora intimidad que me había construido, me eran de ayuda.

Tras una hora de frases sin sentido y poco imaginativas me entró el mal humor. Cerré con malos modos el ordenador y dude entre estirarme en la cama o salir a airearme. Me cambie de ropa y decidí bajar a tomar una copa en la terraza del jardín del hotel. Tal vez el aire perfumado me sosegara el espíritu.

Un cenador de verano hacía las veces de terraza y a aquellas horas, estaba vacío. Por un sendero bordeado de rosales, paseaban la diva de las almejas y la chica triste. La abuela se aferraba al brazo de la mujer, que seguro se arrepentía de haberse ofrecido a ayudarla, pero que ahora era incapaz de abandonarla. Avanzaban muy lentamente, por el camino de gravilla, buscando la glorieta que había en un extremo del jardín. La anciana parecía dispuesta a criticar cada uno de los detalles ornamentales que el jardinero había ideado y atormentaba a su acompañante con explicaciones sobre las maravillas de otros jardines que ella conocía y que eran auténticos vergeles. La bella solitaria miraba al suelo y se cargaba de paciencia. Si había venido a aquel sitio para liberarse de alguna de sus cargas, lo estaba haciendo muy mal.

Por otro sendero, empedrado con losas irregulares de piedra, se llegaba a la piscina. Me aventuré unos pasos y observé a la familia que tomaba el sol bajo una pérgola que lo tamizaba. La mujer, tumbada sobre una hamaca, con unas enormes gafas de sol y la piel brillante por el protector solar estaba separada unos metros del resto de la familia. Como si fueran desconocidos. Cerca del borde de la piscina, recostados sobre cojines que habían esparcido por la hierba, el padre acariciaba el pelo rubio del muchacho, que había recostado su cabeza sobre las piernas del patriarca. Se miraban a los ojos y el acto tenía algo de impuro. La niña, con un biquini blanco deslumbrante, aplicaba crema solar sobre los hombros del hombre que se estremecía complacido.

No aguanté más aquel desfile de sombras chinescas, de imágenes en dos dimensiones que me estaba abduciendo, llevándome a elucubraciones paranoicas que me hacían juzgar a gente desconocida de forma insana, inventándome su pasado, su presente y su futuro. Fui directo a la recepción del hotel y pedí la cuenta, les dije que lo sentía y que debía anular la reserva, que un imprevisto me obligaba a cambiar de planes y tenía que marcharme. No me constaría demasiado volver a llenar la maleta y salir huyendo de aquel lugar, de aquellos huéspedes y de mi propia novela.

Sombras chinas, teatro de luz y fantasía. Un mundo de siluetas indescifrables que cuanto más grandes se muestran en la pantalla, más alejadas están de ti, y que cuando se ven pequeñas están al alcance de tu mano y muy lejos del verdadero haz de luz que les da la existencia.

Si quise ver más allá es porque debo ser un perturbado. O ¿acaso no inventé un pasado para la anciana, un presente que oprimía a la mujer pecosa y un incestuoso y grotesco rito familiar?

Como un titiritero, quise tirar de hilos para hacer bailar a mis marionetas.

El video

EUROmodul stand TRANSFORMER 7 Abril 2013 Video Portada
EUROmodul stand TRANSFORMER
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