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El Baúl del Quiosquero

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quiosco-tailandesRealmente, no va a serme nada fácil escribir esta columna. Creo que es la primera vez que me salto absolutamente el leiv motiv del Baúl: ni mención al mismo, salvo en el título.

La verdad es que no tengo claro si soy yo quien no tiene ganas, ni espíritu, o son las criaturas las que no quieren salir. Es más que posible que esto último tenga mucho que ver: me temo que están hastiadas. Y, por supuesto, tampoco tengo idea de si lo están de mí misma, o del escenario. Mal asunto…. Quizás un poco de cada cosa.

Hace exactamente dos años que empecé a escribir en aDitoday. No deja de ser un cierto camino recorrido, pues en el interin he leído mucho, he debatido, he conocido, he amistado, me he peleado, he acertado, he metido la pata, he respetado, he admirado, me he asqueado, he colaborado, he incordiado… Y he escrito. He escrito mucho, quizás más de lo que mi tiempo y mis responsabilidades me permitían, y no hablo solamente en este espacio, al que tanto quiero.

Llegada a este punto, me parece que no puedo engañarme más a mí misma y dejar de reconocer lo que realmente quiero escribir, sobre lo que realmente quiero hablar: el quiosquero (utilizo el masculino genérico de aquí en adelante), en parte mi amor platónico, en parte mi absoluta pesadilla.

Evidentemente, lo literario es posible que brille por su ausencia en este texto, pero esto es como un poema: tiene que salir. Y punto. Y ellos, las criaturas del Baúl, mis esperpentos, lo saben. Así que siguen sin abrir la boca, esperando a que lo haga de una vez. Y nos libere a todos.

Toda persona es única e irrepetible, pero aún así existen comportamientos grupales que identifican más o menos un determinado modus operandi (si no modus vivendi) en una profesión, una “casta” o un estrato social. Hay quienes (me incluyo) tenemos menos desarrolladas esas señales de identidad sectorial marcada, lo cual suele generar (en ocasiones) un cierto desarraigo y un cuestionamiento existencial propio poco útil, hasta el punto de tener que expresarse a través de un Baúl.

Sin embargo, el caso del quiosquero no deja de resultarme algo especial, por no decir inaudito. Me explico: dentro de su diversidad personal, la singularidad de su situación profesional y social –me refiero a su función social- casi obligaría a que se compraran un “uniforme” de trabajo. Hasta tal punto creo que necesitan una conciencia grupal rayana a la necesidad de supervivencia (o, como diría un amigo mío, “sobrevivencia”), no solo económica, sino emocional.

El quiosquero es persona, sí, pero la situación que vive cada día, hora a hora, es un entorno humanamente difícil de sobrellevar. No voy a explayarme en lo que todos ya sabemos, por lo menos los del “gremio”, simplemente me remitiré a la situación de monopolio, de malas prácticas por el mal llamado “proveedor”, y a la incompetencia y estructura "casi mafiosa" de algunas asociaciones (según la tercera acepción recogida por la RAE).

Creo que eso genera, o puede generar, un estrés importante, que algunos llevan con una dignidad encomiable y admirable, y que a otros los convierte en auténticos malajes, por un retorcimiento manifiesto en sus actitudes y comentarios. Y es precisamente en el amplio abanico que hay entre esa diversidad de comportamiento donde radica el “Baúl del quiosquero”, más grande que el mío, e imposible de escribir por su complejidad.

Gracias a las nuevas tecnologías, y a lugares como aDitoday, el quiosquero puede, por fin, ponerse en contacto y compartir. O sea, conocerse. He tenido la suerte de coincidir con varios de ellos, incluso de conocer a varios de ellos, incluso de verme con cierta frecuencia con varios de ellos. Sin querer simplificar (pero es que no puedo extenderme en cuarenta folios o pantallas), y sin que un perfil sea excluyente de otro, existe el quiosquero inteligente, el pionero, el simpático, el musical, el lector, el generoso, el meditativo, el artista, el sensible, el divertido, el sensato, y cada vez más, y eso es importante, el colaborador y el sincero. El constructivo. El quiosquero incluyente.

Pero la otra cara de la moneda sigue existiendo: existe el quiosquero oscuro, el cotilla, el mentiroso, el desconfiado, el insultante, el agresivo, el destructivo, el irrespetuoso, el dañino, el excluyente, el que potencia con su actitud tiempos que deberían ser pasado. Tiempos que no ayudan, que no cooperan, que no avanzan, tiempos en los que no era posible tener ese uniforme, porque no había vías de comunicación abiertas.

Ahora existen esas vías, es cierto. Pocos las utilizan. Pero si todos los que las utilizan pertenecieran con su actitud y esfuerzo en positivo al perfil de quiosquero incluyente, colaborador y sincero, entonces, y solo entonces, sería posible confeccionar ese uniforme. Una uniformidad dentro de la diversidad personal, que ni quita ni pone gustos y tendencias, pero sí resulta imprescindible para actuar como un único cuerpo.

Los quiosqueros incluyentes son los que hacen posible ese cuerpo. Hasta con personajes como yo, no quiosquera.

Los excluyentes son cancerígenos y degradan el engendro de cuerpo. No lo dejan crecer.

Es necesario ponerse un uniforme.

El uniforme del cuerpo.

Como personajes colegas que navegan dentro de un mismo Baúl.

EL BAÚL DEL QUIOSQUERO

 

Realmente, no va a serme nada fácil escribir esta columna. Creo que es la primera vez que me salto absolutamente el leiv motiv del Baúl: ni mención al mismo, salvo en el título.

 La verdad es que no tengo claro si soy yo quien no tiene ganas, ni espíritu, o son las criaturas las que no quieren salir. Es más que posible que esto último tenga mucho que ver: me temo que están hastiadas. Y, por supuesto, tampoco tengo idea de si lo están de mí misma, o del escenario. Mal asunto…. Quizás un poco de cada cosa.

 Hace exactamente dos años que empecé a escribir en ADitoday. No deja de ser un cierto camino recorrido, pues en el interin he leído mucho, he debatido, he conocido, he amistado, me he peleado, he acertado, he metido la pata, he respetado, he admirado, me he asqueado, he colaborado, he incordiado… Y he escrito. He escrito mucho, quizás más de lo que mi tiempo y mis responsabilidades me permitían, y no hablo solamente en este espacio, al que tanto quiero.

 Llegada a este punto, y ahora que creo, además, que nuevos columnistas van ha hacer entrada en el mismo con temáticas más diversas, me parece que no puedo engañarme más a mí misma y dejar de reconocer lo que realmente quiero escribir, sobre lo que realmente quiero hablar: el quiosquero (utilizo el masculino genérico de aquí en adelante), en parte mi amor platónico, en parte mi absoluta pesadilla.

 Evidentemente, lo literario es posible que brille por su ausencia en este texto, pero esto es como un poema: tiene que salir. Y punto. Y ellos, las criaturas del Baúl, mis esperpentos, lo saben. Así que siguen sin abrir la boca, esperando a que lo haga de una vez. Y nos libere a todos.

 Toda persona es única e irrepetible, pero aún así existen comportamientos grupales que identifican más o menos un determinado modus operandi (si no modus vivendi) en una profesión, una “casta” o un estrato social. Hay quienes (me incluyo) tenemos menos desarrolladas esas señales de identidad sectorial marcada, lo cual suele generar (en ocasiones) un cierto desarraigo y un cuestionamiento existencial propio poco útil, hasta el punto de tener que expresarse a través de un Baúl.

 Sin embargo, el caso del quiosquero no deja de resultarme algo especial, por no decir inaudito. Me explico: dentro de su diversidad personal, la singularidad de su situación profesional y social –me refiero a su función social- casi obligaría a que se compraran un “uniforme” de trabajo. Hasta tal punto creo que necesitan una conciencia grupal rayana a la necesidad de supervivencia (o, como diría un amigo mío, “sobrevivencia”), no solo económica, sino emocional.

 El quiosquero es persona, sí, pero la situación que vive cada día, hora a hora, es un entorno humanamente difícil de sobrellevar. No voy a explayarme en lo que todos ya sabemos, por lo menos los del “gremio”, simplemente me remitiré a la situación de monopolio, de malas prácticas por el mal llamado “proveedor”, y a la incompetencia y estructura casi mafiosa de algunas asociaciones.

 Creo que eso genera, o puede generar, un estrés importante, que algunos llevan con una dignidad encomiable y admirable, y que a otros los convierte en auténticos malajes, por un retorcimiento manifiesto en sus actitudes y comentarios. Y es precisamente en el amplio abanico que hay entre esa diversidad de comportamiento donde radica el “Baúl del quiosquero”, más grande que el mío, e imposible de escribir por su complejidad.

 Gracias a las nuevas tecnológías, y a lugares como aDitoday, el quiosquero puede, por fin, ponerse en contacto y compartir. O sea, conocerse. He tenido la suerte de coincidir con varios de ellos, incluso de conocer a varios de ellos, incluso de verme con cierta frecuencia con varios de ellos. Sin querer simplificar (pero es que no puedo extenderme en cuarenta folios o pantallas), y sin que un perfil sea excluyente de otro, existe el quiosquero inteligente, el pionero, el simpático, el musical, el lector, el generoso, el meditativo, el artista, el sensible, el divertido, el sensato, y cada vez más, y eso es importante, el colaborador y el sincero. El constructivo. El quiosquero incluyente.

 Pero la otra cara de la moneda sigue existiendo: existe el quiosquero oscuro, el cotilla, el mentiroso, el desconfiado, el insultante, el agresivo, el destructivo, el irrespetuoso, el dañino, el excluyente, el que potencia con su actitud tiempos que deberían ser pasado. Tiempos que no ayudan, que no cooperan, que no avanzan, tiempos en los que no era posible tener ese uniforme, porque no había vías de comunicación abiertas.

Ahora existen esas vías, es cierto. Pocos las utilizan. Pero si todos los que las utilizan pertenecieran con su actitud y esfuerzo en positivo al perfil de quiosquero incluyente, colaborador y sincero, entonces, y solo entonces, sería posible confeccionar ese uniforme. Una uniformidad dentro de la diversidad personal, que ni quita ni pone gustos y tendencias, pero sí resulta imprescindible para actuar como un único cuerpo.

Los quiosqueros incluyentes son los que hacen posible ese cuerpo. Hasta con personajes como yo, no quiosquera.

Los excluyentes son cancerígenos y degradan el engendro de cuerpo. No lo dejan crecer.

Es necesario ponerse un uniforme.

El uniforme del cuerpo.

Como personajes colegas que navegan dentro de un mismo Baúl.

 

BANDOLERARosy (Bandolera), desde Barcelona.

 

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EUROmodul stand TRANSFORMER 7 Abril 2013 Video Portada
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