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El espía

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Crees que conoces a la gente, cómo son, cómo es su vida, pero a veces te sorprenden.

Hacía tiempo que no veía a mi abuelo y le echaba de menos, así que me pedí un día de vacaciones en el trabajo para poder pasar una jornada completa con él y vivir lo que hacía cada día y, de paso, sacarle de su monotonía.

Habíamos quedado a las nueve de la mañana en su casa. A las nueve y un minuto llegué a su portal. Allí me esperaba él perfectamente vestido y con sus complementos inseparables, boina de rabo corto y bastón.

- ¡Abuelo! -le dije mientras me inclinaba para abrazarle y le daba un beso.

- Ay que poco os gusta madrugar  a la juventud. Anda, anda, Manolín, que ya vamos tarde.

- Llámame Manu, abuelo, hace muchos años que nadie me llama así. ¿Dónde vamos? ¿dónde sueles desayunar?

-¿Desayunar? ¿a estas horas? Si es que estáis atontaos, todo el día con la música ahí, que ya no sabéis ni lo que hacéis. Vamos, vamos, que tengo que hacer la entrega.

Mi estómago se quejó, pero ese día era para mi abuelo, así que hice caso omiso a mis entrañas y le ofrecí mi  brazo para que se apoyara.

- Quita, quita. Y acelera zagal.

- ¿Qué es lo que tienes que entregar, abuelo?

Susurró algo. No le entendí.

- ¿Cómo? -le interrogué deteniéndome y frunciendo el ceño.

- Los informes -volvió a susurrar, esta vez en un tono ligeramente más alto.

- ¿Qué informes? -le pregunté alzando la voz.

Un rápido movimiento de su brazo derecho hizo coincidir en el tiempo y en el espacio el mango de su bastón y mi cogote.

- ¡Chssssss! Baja la voz Manolín que te van a oír. Luego te cuento. Aprieta el paso.

Mientras frotaba mi recién estrenado chichón, seguí a mi abuelo sin ganas de hacer más preguntas.  Al final de la calle nos detuvimos en un quiosco.

- Hemos llegado -me dijo y se giró hacia el quiosquero.

- Buenos días don Manuel -le dijo un hombre de mediana edad, de cara afable, que se escondía dentro del habitáculo.

-  Buenos días Pepe, perdona el retraso, ha sido culpa de mi nieto. Saluda, Manolín, no seas mal educado.

- Manu, me llamo Manu. Encantado -le dije mientras extendía mi mano para estrechar la de Pepe, que emergía del quiosco.

- Es que voy a pasar el día con él, a ver si le espabilo, que está un poco empanao. Ya sabes, estos jóvenes que lo tiene todo -miró a un lado y a otro y bajó el tono-. Aquí tengo lo tuyo.

Ágilmente, sacó de su bolsillo un sobre doblado y unas monedas, que extendió hacia Pepe. Éste le acercó el periódico plegado, que mi abuelo cogió rápidamente y asió con fuerza contra su cuerpo. Mientras, el quiosquero me miraba y me guiñaba un ojo.

- Hasta mañana, Pepe. Buen día.

- Buen día don Manuel y compañía.

- Vamos a dar un paseo al parque -me dijo.

Yo no entendía nada, pero tampoco tuve tiempo de planteármelo. Mi abuelo emprendió la marcha balanceando su cuerpo rítmicamente y apoyándose en el bastón. Cuando llegamos empezó a hablarme.

- Pepe es mi contacto -me dijo de nuevo susurrante.

- ¿Qué es tu... -empecé a decir atónito, hasta ser interrumpido por el ágil movimiento del bastón. Mientras me frotaba el chichón número dos, continué en tono más bajo.- ¿Qué es tu contacto?

- Sí Manolín. Mi contacto. Aquí donde me ves, tu abuelo es espía. Recojo información durante el día y a la mañana siguiente le entrego el informe a Pepe, y él lo manda a nuestros superiores. El quiosco es una tapadera, es el sitio perfecto, ve a todo el mundo, conoce a todos y las entregas son sencillas.

- Abuelo, vamos a tu casa. Enséñame las pastillas que tomas. ¿Se te ha olvidado tomar alguna hoy?

No lo vi venir, lo juro. No sé como la artrosis le permite hacer esos movimientos de brazo, pero el chichón número tres empezó a hacerse hueco, entre el uno y el dos.

- ¡Demonio muchacho!, ¡dudar de tu abuelo! Anda, anda, vámonos al bar que tengo que seguir trabajando.

Sentí lástima. Después de tantos años y tantas cosas que me había enseñado, me apenaba el ver que mi abuelo empezaba a perder la cabeza. Pero, ¿quién era yo para romperle la ilusión?. ¿Acaso el me la rompió cuando de pequeño le dije que iba a ser astronauta?. No. El me regaló una nave espacial de juguete. Ese era su día y si mi abuelo decía que era espía, pues era espía.

- Espera abuelo. Perdóname. Es que anoche me quedé dormido con los cascos puestos y la música a tope y no te había entendido bien -bajé el tono- ¡Espía!, eres la caña, abuelo. Cuéntame más cosas.

De camino al bar me dijo que allí le pasaban información de las cosas que se enteraba su red de informadores. Yo mantuve mi cara de estupor y de admiración mientras le espoleaba a que siguiera hablando. Llegamos al bar sobre la una del mediodía y nos dirigimos a la barra. La edad media de la clientela no debía bajar de los setenta años, incluyéndome a mí en la media.

- Buenas, don Manuel –le saludó el camarero-, aquí tiene su caña y su tapita. ¿qué le pongo al acompañamiento? –preguntó girando su mirada hacia mí.

- Un vaso de leche –se apresuró a contestar mi abuelo.

- Abuelo, que ya tengo treinta años. Otra caña, por favor.

- ¡Una caña!, caña la que te voy a dar yo a ti –me interrumpió mientras asía el bastón. – Anda, ponle la leche, que está muy esmirriao, a ver si encima me va a decir tu madre que te emborracho.

Mi estómago tomo posesión de mis actos y me lanzó a por la tapa de chorizos a la sidra.

- ¡Quita, zagal! –me dijo , interponiendo velozmente su bastón entre el manjar y mis manos- qué esto te va a cortar la leche.

Se acercó un hombre contemporáneo del abuelo y le dijo en voz baja:

- Las obras del gas que han levantado toda la calle. Son cosa de los rusos que están metiendo micrófonos. Les he oído hablar. Son más rusos que Stalin.

- Gracias, Paco, tómate algo – le dijo el abuelo, y se giró al camarero- Lo de siempre para Paco –le espetó al camarero a la vez que empezaba a anotar en una libretita.

Yo miraba al vaso de leche con hastío, mientras los parroquianos del bar se acercaban a cuchichear al abuelo a cambio de su consumición y su tapita. Mi tripa me suplicaba. La leche ya no parecía tan mala alternativa. Me lancé y la bebí con avidez. El murmullo del bar cesó. Todos los clientes miraban a la puerta. Seguí sus miradas hasta ver a una veinteañera que acababa de entrar. Su zarzillo en la nariz y su indumentaria moderna no hacían juego con el lugar. No sé si fue el efecto de la leche, del hambre o de los efluvios a Barón dandy, pero me pareció tremendamente atractiva. Parecía que, a fin de cuentas, podía ser un buen día. La competencia me parecía a años luz, literalmente, y ella no podría más que fijarse en mí. Ella caminaba hacia nosotros. Le miré a los ojos. Me sostuvo la mirada mientras seguía acercándose. Yo la sonreía y cuando estaba a un paso fui a abrir la boca para decirla algo, pero se adelantó la explosión de su risa estrepitosa contenida, coreada por el resto de clientes.

- ¡Anda Manolín!, límpiate los morros –me gritó el abuelo.

Miré en el espejo que recubría la parte trasera de la barra para ver como un tono blanquecino tapaba mi labio superior. Me pasé rápidamente una servilleta. La chica nos había sobrepasado y manipulaba la máquina de tabaco.

- Perdona a mi nieto, Clarita, que se pone nervioso cuando ve mujeres guapas –lo arregló mi abuelo.

Ella seguía riendo. Cogió su tabaco y dio la vuelta. Se paró junto a mi abuelo y le dijo:

- Ha vuelto a subir el tabaco, Manuel. Alguien se está forrando con los impuestos.

Mi abuelo empezó a anotar. Ella me miró:

- Adiós guapo –me dijo y empezó a andar-. Ponle un par de madalenas para mojar, que invito yo, no sea que se quede con hambre –gritó hacia el camarero.

Los abueletes rieron hasta el límite de la apoplejía, mientras yo enrojecía derrotado por la cuarta edad.

- Vamos Manolín, a comer.

¡Comida, al fin! Nos sentamos en una mesa en el fondo. Devoré el menú del día, que me pareció el más selecto de los manjares, mientras que mi abuelo me contaba historias y éramos interrumpidos cada dos por tres por sus informadores. Mi abuelo pidió un coñac, pero no me atreví a abrir la boca, no fuese a ser castigado con un vaso de leche con colacao. Nos limpiaron la mesa que se convirtió en un tapete de cartas. Mus. Tantos años de facultad hicieron sentir orgulloso a mi abuelo de su pareja de mus. Sobre las siete de la tarde íbamos a abandonar el local. Cuando me dijo:

- Para, para. No mires a la calle. ¡Qué no mires leñe! Ahí hay un tipo de la CIA. El negro ese enorme. ¡Qué no mires!. Sígueme.

Apretó el paso y me llevó a la parte de atrás del bar.

- Esos me están buscando, vamos, ven, salta.

Abrió una puerta que daba a un callejón, del que la separaba un desnivel de aproximadamente un metro. Aquello era demasiado, si el abuelo salía por ahí podía hacerse mucho daño.

- Vamos abuelo, volvamos al bar, ahí fuera no hay nadie de la CIA. Tan solo es un hombre negro esperando el autobús.

- ¡Ja!, Cuánto te queda por aprender, las cosas no son lo que parecen. Eso es lo que te quieren hacer creer, que espera el autobús. Pero hay que ver más allá, Manolín . Es de la CIA. ¡Salta! – me gritó mientras me empujaba con la empuñadura del bastón.

Caí sobre el tobillo, doblándolo y sintiendo un dolor horrible. Aguanté un grito mientras veía a mi abuelo saltar, como a cámara lenta y caer perfectamente sobre sus dos pies. Según transcurría el día se hacía más real en mi cabeza la posibilidad de que yo fuese nieto del doble del protagonista de Matrix.

- ¡Vamos, vamos! –me azuzó.

Empecé a caminar pero el dolor del tobillo me paralizó. El abuelo me miró y extendió hacia mi su brazo con el bastón.

- Cógelo.

- Por Dios abuelo, no digas tonterías.

- Cógelo Manolín, que nos van a pillar.

Lo agarré, sí. Pensé que al menos así dejaría de magullarme. Nos alejamos lo más rápido que pudimos, yo cojeando apoyado en el bastón y mi abuelo octogenario balanceándose a un lado y a otro.

Dejé al abuelo en su casa. Le intenté devolver el bastón, pero no pude doblegar su resistencia. Le abracé y le bese.

- Gracias abuelo.

- Anda, anda, a ver si espabilas, que tenías a la Clarita a huevo.

A la mañana siguiente mi tobillo estaba mejor y me pasé por su casa a devolverle el bastón antes de ir al trabajo. La puerta estaba abierta y varios sanitarios estaban dentro junto a la mujer que iba cada mañana a hacerle la casa.

- Hay Manu, tu abuelo… -y empezó a llorar.

Pasé a su habitación y le encontré tendido en la cama, inmóvil, con la cara serena. Parecía que en cualquier momento levantaría la mano para cogerme el bastón y atizarme con él. Me fijé en su mano. En ella tenía un sobre parecido al que dio al quiosquero el día anterior. Lo cogí. Pepe, ponía en el con su inconfundible letra perfecta. Lloré. Apenas unos segundos. Me interrumpió el sonido del bastón al caer de mis manos. Parecía que era mi abuelo que me decía “Anda espabila, en marcha, que estas atontao”. Cogí el sobre y salí a la calle. Fui hacia el quiosco. Me paré frente a Pepe, que desde el interior del quiosco parecía sorprendido.

- Tu abuelo, ¿está bien? No ha venido esta mañana.

- No, ha muerto.

- Vaya, lo siento –parecía contrariado- era un gran hombre. De veras que lo siento.

- Es una tontería, pero quería hacerlo, por mi abuelo. Él tenía esto y me siento obligado a dártelo. Por él.

Miró a mi mano y reconoció el sobre.

- Sí, si –dijo todavía algo conmocionado- y creo, que entonces el periódico debería dártelo a ti, por última vez- movió la mano por el interior del cubículo, mientras me miraba y me tendió un periódico doblado. Hicimos el intercambio, le pagué y me fui.

Me senté en un banco frente al quiosco. Me sentía abrumado. Una señora se me acercó y me dijo:

- Me deja el periódico un segundo, es para mirar el cupón de los ciegos de ayer. ¡Ah, no es el de hoy, es el periódico de ayer!, perdone.

Miré el diario, efectivamente era el periódico del día anterior. Lo abrí extrañado. Al desdoblarlo cayó un sobre. Lo cogí y miré en su interior. Estaba lleno de billetes. Miré el periódico, estaba gastado, con páginas marcadas, incluso el crucigrama estaba hecho. ¿Era posible? ¿Realmente mi abuelo era espía? Y cada mañana Pepe le pagaba y le daba otro periódico con instrucciones en clave. Sí, ahora todo cuadraba. ¡El abuelo era espía!

- Perdona, Manolín verdad -me interrumpió la cara de Pepe sacándome de mis elucubraciones.

- Manu, me llamo Manu.

- Ah, bien. Manu, es que con el disgusto me he equivocado y te he dado otro periódico -señalando al periódico marcado-, es de ayer, es el que me llevo a casa y lo traigo con la recaudación del día anterior escondida, para llevarla al banco ahora, cuando abran -dijo señalando al sobre con los billetes y extendiéndome un periódico nuevecito, del día.

- Ah, sí, sí claro. -le contesté intercambiando periódicos y entregando el sobre.

- Gracias, y perdona. Lo siento, lo de tu abuelo me refiero.

- Sí, sí, gracias.

Y volvió hacia el quiosco. No me lo tragué. La gente no es lo que parece. ¡Quiosquero! eso es lo que pretenden que creamos que es. El gobierno es capaz de cualquier cosa por ahorrarse el último sueldo de su mejor agente. Pero el dinero era lo de menos. Yo sabía la verdad: ¡El abuelo era espía, el mejor espía del país!.

Jorge Moreno

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EUROmodul stand TRANSFORMER 7 Abril 2013 Video Portada
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