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El año en que tampoco se acabó el mundo

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El año 2011 toca a su fin, apenas quedan unos pocos días, y salvo noticia de última hora, en 2011 tampoco se habrá acabado el mundo. Una suerte, ¿verdad? Pues no.

Mi preocupación por el fin del mundo se inició en 1986, coincidiendo con la inminente visita del cometa Halley. Hasta entonces yo era un adolescente feliz, tan solo atormentado por el acné y los cambios de voz. Disfrutaba ya de una incipiente pelusilla en el bigote que me hacía sentir todo un hombretón y me iniciaba en los primeros flirteos con el sexo opuesto. El día que vi la noticia del cometa Halley, mi vida cambió. Su visita era evidente que dejaría catástrofes, plagas y otras cosas horribles que desembocarían en el fin del mundo. Todo se acababa y aún me quedaban muchas cosas por hacer, pero sobre todo, no podía morir siendo virgen. No podía perder tiempo. Les propuse a todas mis compañeras de curso terminar nuestra existencia compartiendo nuestra primera experiencia sexual. Todas se negaron, menos una que me dijo que no podía aceptar porque no sería su primera experiencia. La directora me llamó a su despacho y me expulsó. Yo la propuse acostarse conmigo y me dio un guantazo. A mis padres no les sentó muy bien y me enviaron interno a un colegio masculino. Allí, tumbado en la litera de mi cuarto, mirando por la ventana, vi surcando el cielo al cometa Hally, mientras la vida en el planeta seguía su curso.

Los años pasaron y mi vida se normalizó, pero en el fondo nunca volví a ser el mismo. En el año 1999, yo ya era un hombre de provecho, un trabajo estable, una novia encantadora y un montón de amigos. La vida me sonreía, hasta que me contaron lo del efecto 2000. Al parecer los programadores informáticos no habían tenido en cuenta que en el cambio de milenio, todos los ordenadores pensarían que estábamos en el  año cero, se volverían locos y empezarían a lanzar misiles y a matarnos a todos. Mi mente encendió de nuevo el piloto de alarma. Todavía tenía mucho que vivir y que hacer. Recordé a mi jefe la profesión de su madre, dejé a mi novia, y me puse a componer canciones. Siempre había deseado tocar la guitarra tocando canciones compuestas por mí. Enseguida me di cuenta que no era tan divertido, así que lo dejé y empecé a proponer a todas las mujeres que se cruzaban en mi camino que se acostaran conmigo. La nochevieja de 1999 la pasé en comisaría con un ojo morado, y una costilla rota.

En el nuevo milenio, fui rehaciendo mi vida, conseguí ocultar mis locuras del fin del mundo, encontré un nuevo trabajo, mejor que el anterior, conocí a una mujer estupenda, nos casamos y nos compramos una casa.

Todo idílico, maravilloso. Hasta que este año repasando el calendario lo vi y caí en la cuenta, en dos mil once, en noviembre y el día once: 11-11-11. El resorte de mi cerebro se activó y lo vi claro. Las otras veces fueron muy subjetivas, pero ahora no, esa conjunción no podía significar otra cosa: el mundo se acababa. Y tantas cosas por hacer. Pero esta vez tenía que hacerlo bien.

Levanté la cabeza y lo primero que vi fue un convento de clausura. Desestimé mi primer instinto y pasé al siguiente. Fui al banco y pedí tres hipotecas más sobre mi casa y otras tres sobre el pisito de la playa. Fui a casa. Le dije a mi mujer que nos separábamos y ella secó sus lágrimas con los billetes que formaban el millón de euros que le dejé en la mesa. ¡Pobrecilla! Ignoraba la cercanía del apocalipsis y que tras la fecha fatídica no necesitaría dinero, pero dándoselo me libraba de mis remordimientos. Fui al trabajo hice unas cuantas transferencias de las cuentas de la empresa a varias ONGs y me fui con una carcajada ante la mirada desconcertada de mi jefe. Del dinero hipotecado no todo fue a parar a mi ya ex esposa, guardé una cantidad suficiente, alquilé la suite del Ritz y cité a varias señoritas muy refinadas y de tarifa elevada. Al fin podría morir tranquilo, de no ser porque la policía había elegido ese día para hacer una redada.

El once del once del once, discurrió plácidamente y el mundo continuó su ritmo normal tras las once horas once minutos y once segundos, hora española, al igual que lo hizo cuando superó esa hora según el horario de Nueva York (que ya sabemos que es el que rige para todo este tipo de catástrofes del fin del mundo)

Ahora me dispongo a pasar el cambio de año en la cárcel, con una condena por estafa, desvio de fondos y atentado contra la salud pública, deseando que al fin el mundo hubiera acabado este año.

Esta mañana un mejicano de la celda de al lado me ha contado que los mayas predijeron el fin del mundo en 2012. No le he hecho caso. Pero por si acaso informo: todos los viernes tengo derecho a un bis a bis. Las interesadas pueden contactar conmigo.

jorge morenoJorge Moreno

 

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EUROmodul stand TRANSFORMER 7 Abril 2013 Video Portada
EUROmodul stand TRANSFORMER
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