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La rata acorralada.

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Quiero ser rata....

Imitando a Miguel Bustillo, mi columna irá sobre animales, también, y, en este caso, de su inteligencia para sobrevivir.

Contaba yo unos 12 años, más o menos. Salía, como todos, a jugar por el poblado en el que vivía y siempre estaba cacharreando e interactuando con el entorno. No había ordenadores ni videojuegos con los que pasar el tiempo, qué digo ¡no había ni vídeos!, y por ello el día “rendía” más dando lugar a desarrollar los métodos con los que matar el tiempo.
Una de las tareas que tenía, sobretodo cuando daban las vacaciones, era atender una huerta que había en la parte trasera de la casa. Cultivábamos de todo en ella pero la “joya” eran los pimientos picantes, que después ponía mi madre en botes –menudas fiestas, con los vecinos se preparaban durante el asado de los pimientos-.

La parte alta de la huerta constaba de un espacio libre de cultivos, presidido por un manzano de doradas y dulces manzanas “verde doncella”, abierto en su viejo tronco pero resistente al tiempo y a la adversidad climatológica. La parte más al norte la solía usar mi padre para germinar las semillas de los pimientos y así hacer pequeñas plantones que después serían trasplantados a la tierra. El semillero era un simple rectángulo acotado por unas maderas sin mayor protección. Encima de éste pasaba una tubería de uralita (ese cemento prensado con fibras), desde la cual se regaba toda la huerta, mediante un sistema de llave de paso de un diámetro considerable. Más encima de esta tubería ya sólo había un tramo de tierra baldía de maleza, inclinada, que moría en un muro de aligustre que separaba las huertas de los almacenes de la Central Térmica.

En este pequeño entorno vivían distintas especies de animales, los normales de un poblado lo suficientemente habitado como para que no fuera salvaje. Así me deleitaba con diversos cantos de pájaros en las distintas estaciones y podía ver algún que otro animal extraño para una ciudad: pequeñas comadrejas, salamandras, sapos, ranas, erizos, etc…

Un día llegó un animal nuevo, una rata.
Llevé varios sustos al ir a regar cuando veía saltar de la tubería la rata que se había instalado allí.
Pasado un tiempo comenzaron a desaparecer plantones del semillero y yo me dediqué a investigar el motivo. A juzgar por las huellas de la tierra y la manera que estaban cortados todo apuntaba a que el animal causante de aquel estropicio tenía que ser la rata así que comencé a planear como deshacerme de aquel desagradable “vecino”. Busqué su nido y, para mí alegría, constaté que no tenía crías en él, sólo tendría que deshacerme de ella. Lo primero que hice fue tapar la madriguera para imposibilitar que entrara en ella, así, con el trabajo ya hecho, me fui a casa esperando que al día siguiente ya no rondaría por allí ¡qué iluso!

La rata abrió una nueva entrada y continuó con su vida como si nada. Decidí pasar a métodos más convincentes.

Por aquel entonces yo tenía, como casi todos los chavales, una escopeta de balines con la que salíamos a “cazar” pequeños pájaros, que nunca cazábamos al final, y, como ya dije, mucho tiempo para pensar. Me armé de balines del 4,5 (mala munición) y salí a por la rata.
Plantado ante la entrada esperé, una fría mañana de primavera, a que saliera el animalejo. Pasó el tiempo y allí no asomaba nada, como dirían ahora: Rata 1 - Pedro 0, así que me volví al patio de mi casa a buscar por las casetas; teníamos tres: una de carpintería con todas sus herramientas, otra de metales y pinturas y una tercera con aperos para la huerta, diversos abonos minerales (suerte que de aquella aún no teníamos conocimientos “explosivos” XDDD) y materiales relacionados con ese trabajo.
Buscando y buscando di con lo que, seguro, haría salir a la alimaña de su guarida: tiras de azufre. Con dos tiras, un poco de disolvente y unas cerillas me fui de nuevo a por la rata.

Empapé una tira con disolvente en una punta y le prendí fuego, la introduje con un palo en la madriguera, cargué la escopeta y esperé. No tardó mucho en moverse la parte superior de la madriguera, por lo que deduje que, impedida de salir por su entrada, estaba cavando una nueva salida. Apunté a donde se movía la tierra, un golpe, dos, al tercero asomó la cabeza y disparé. No sé si le di o no, la rata entró de nuevo al infierno en que se había convertido su guarida, yo cargué de nuevo y me preparé.

Pasó muy poco tiempo cuando asomó de nuevo la cabeza, nuevo disparo y posible error, rata otra vez al agujero. Repetí la operación y, la rata hizo lo mismo. Creo que debieron ser cinco o seis disparos de esta manera, pero las ratas están hechas para la supervivencia y aprenden mucho más rápido que nosotros así que, antes del séptimo disparo comprendí, con mucho miedo, que ella no era un simple animal.

Deduje, después, que la rata, no sé cómo, debió calcular el tiempo entre que yo disparaba y volvía a cargar porque después del sexto disparo se metió al agujero para, simplemente, coger impulso y de un salto lanzarse a por mí. Me pilló en plena carga con lo que los balines se fueron al suelo y en la distancia que nos separaba, unos 10 pasos míos, sólo pude cerrar la escopeta y usar la culata como si fuera un bate de béisbol para poder esquivar aquel enfurecido animal, que venía a saltos hacia mí con no muy buenas intenciones. Por suerte, acerté en el golpe.

De un certero golpe la lancé hacia un lado y escapó como alma que lleva el diablo sin que volviera a aparecer por allí. Salvé el resto de plantones y me libré de esa desagradable compañía.
Desde ese día nunca más me ha gustado tener que vérmelas con una rata, por si acaso la siguiente vez no sale tan bien la jugada.

Todos los animales aprenden, unos tardan más y otros menos, pero lo que sí tienen todos en común, es que, ante la adversidad piensan y actúan: sobreviven. Sólo hay un animal que repite sus fallos, que cae siempre en las mismas trampas, que se deja llevar por el “río” que es el tiempo, nosotros. Estamos atados por falsos miedos, desvirtuadas expectativas, absurdas apariencias, falsas tradiciones, envidias y la peor de todas la indolencia frente a los males comunes. Somos una especie en vías de extinción por su propio pie, sólo nos salva el que nos mueva más la lujuria que la pasión y por ello nos multiplicamos a más velocidad de la que desaparecemos.

Copiamos todas las “tecnologías” e inventivas de los animales y eso es bueno, pero hasta que no copiemos a las “sociedades” de esos seres que consideramos inferiores no evolucionaremos.

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El video

EUROmodul stand TRANSFORMER 7 Abril 2013 Video Portada
EUROmodul stand TRANSFORMER
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