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El regreso

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El regreso
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ShelleyLa calle era angosta. Apenas un hombre podía pasar entre el doble muro, sin tropezar, sin maldecir, sin mancharse de barro. Había varios faroles adosados, con óxido, sin luz, y un suelo de piedra, hundido y amoniacal, que dificultaba el camino hacia el laboratorio. Miré al cielo: las paredes subían hasta muy arriba y dibujaban, en el ápice, una especie de nube oscura que partía una grieta central, con los colores del crepúsculo. Me pareció estar en el fondo de un pozo muerto, cansado y sin agua.

Sentía que aquel trayecto era un espejo de la naturaleza de Johannes: tenebroso y furtivo, se había replegado hacia lo más profundo de Mainz, alcanzando de algún modo el escenario perfecto para la construcción de sus sueños: "Lo acabará ese barrio -me confió un día el judío Fust-; se ha desquiciado por dentro, y aunque lo veo en la plaza y en el cenáculo sé que anda tramando un secreto. Me parecen absurdas, esa cárcel y esas ideas tan poco científicas...".

Le pregunté qué disciplinas inquietaba Johannes, pero no supo (o no quiso) responder; murmuró algo acerca de experimentos con trozos de madera, con moldes de hierro, pero todo eran nebulosos puntos de referencia. Confieso que no me importaron aquellas razones hasta ayer, hasta que determiné explorar este pasaje.

Vi algunas bocacalles, que se perdían en la tiniebla. Los tubos de los desagües se habían roto (por la humedad, por el tiempo, por ambas cosas a la vez) y podía escuchar el rumor de las ratas en el agua depravada. No me arredraron las voces en los lupanares ni la escritura escabrosa de las paredes, pero cuando descubrí la cara de un mendigo que dormía en el suelo casi grité.

Las últimas luces caían como una cortina vertical sobre la calle, y otorgaban a las cosas una forma increíble, sobrenatural...Un asesino había rondado, antes de la Gran Guerra Nuclear, la geografía de esta calle; según el antiguo informe policial, se escondía detrás de cualquier acceso y cercenaba la garganta de sus víctimas, para luego robar alguna monedas. La historia era real, pero ahora aquel hombre era polvo y no me dejé tentar por máscaras lunares.

Recordé que Johannes había dicho, en la alta noche previa al lanzamiento de la bomba, que la ciudad de París que trató de evitar la deflagración y que horas después fue borrada del mapa era análoga al establecimiento penal del Dante: había un laberinto subterráneo, una imagen facsimilar y perversamente invertida de las calles diurnas. Entonces pensé que en esta época daba igual, porque ya no existían las ciudades, entonces pensé que aquel túnel que yo fatigaba no era menos monstruoso ni menos perplejo. Comprendí, ahora lo sé, que el búnker de Mainz era un laberinto desaforado que abarcaba un sistema menor de laberintos, paralelos, cruzados, subsidiarios.

Al final del pasadizo creí vislumbrar una puerta. Cuando arribé pude comprobar que era la única entrada de un refugio, que ya iluminaba la noche. Lo armaban dos plantas, sin acrótera, sin ventanas; el término de mi viaje parecía ser aquella puerta en la planta baja y el frente ciego de la nave alta. La puerta carecía de campanilla y de llamador; las hojas estaban destrozadas y la pintura, que alguna vez fue roja, se había rebajado a una combinación indefinible de gris y de rosa. Llamé con el puño: no pude evitar que saltaran algunos fragmentos de metal, que me laceraron la carne.

Enseguida escuché voces en el interior: era como un arrastrar de muebles plural, y adiviné unos pasos que se detuvieron al otro lado. Abrió una mujer, de rasgos muy parecidos a los de la puerta. Le pregunté por Johannes, pero antes de acabar me cerró, sin palabras, con una débil violencia. Me quedé quieto, sin saber qué hacer. Empezaba a sentir el frío y las sirenas de una patrulla remota prolongaron su eco. Volví a llamar, y vi la cara de la mujer recortada contra el marco. Le dije que andaba buscando a Johannes y que era urgente hablar con él. Primero me miró, y después preguntó si se trataba de una orden de la Netstag. Me ganaba la impaciencia: contesté que era un amigo y repetí mi demanda. La mujer explicó que Johannes ya no vivía allí. La interrogué otra vez, para saber sus nuevas señas. Ella movió la cabeza a un lado y dijo, con un hilo de voz, que Johannes ya no vivía en ningún lugar ni en ningún otro, porque estaba muerto.

La mujer debió notar mi angustia. Yo sentí que no podía escapar de allí, que en aquel momento era una suerte de prominencia en el suelo de piedra. "Johannes murió hace tres meses -continuó-, pero si baja al sótano podrá recoger sus papeles y sus aparatos; necesito alquilar la pieza, y ahora esas cosas estorban". Me condujo a través del pasillo dilapidado, con varios tramos sueltos. Poco o nada podía entrever en aquella cueva; de pronto hubo un chasquido y la mujer encendió un candil. Me llevó hasta una puerta; cuando la abrió pude contemplar una escalera que descendía al fondo. La mujer me entregó la luz :"Abajo encontrará la máquina -dijo-; no pierda el tiempo y acabe pronto". Después se desvaneció en la penumbra.

Miré la escalera, acercando la lámpara. La madera estaba podrida, pero los barandales eran de hierro: calculé que si perdía pie siempre podía agarrarme a cualquiera de aquellas barras. Acometí el descenso; con sorpresa, con alivio, verifiqué que las tablas soportaban mi peso. Entendí que debía haber algún soporte metálico: Johannes había transitado aquella escalera muchas veces, pero nunca se había fracturado ningún hueso. Cuando llegué abajo dirigí la luz y hallé una caja con un interruptor. Cuando mis ojos de carne toleraron aquella luz no pude contener un grito de asombro. Vi un gabinete mediano, más largo que ancho, con lámparas eléctricas en cada ángulo. Los muros y el techo eran de piedra, perfectamente lisos, sin vanos que dieran al exterior. No había adornos en las paredes; tan sólo un almanaque y dos o tres estantes, que se curvaban por el peso de los distintos instrumentos. En el centro de la habitación había una plancha de madera, como una mesa para cirujanos, con el polvo de muchos días; encima, y sostenido por cuatro barras de metal, estaba un sistema de rodillos y de garfios de hierro.

En un rincón descubrí dos motores de gas, que no funcionaban: el cáncer rojo que comía las piezas me indicó su inutilidad. En otro rincón, a la izquierda, había varios radiadores y dinamos. Me acerqué a un pequeño escritorio, junto a la plancha: había tres cuadernos azules y una carta cerrada. El frasco de la tinta estaba seco, por lo que deduje que tanto los cuadernos como la carta llevaban mucho tiempo escritos. Abrí los cuadernos: estaban redactados en una especie de código secreto, pero las cifras árabes y las letras griegas dejaban entender las operaciones matemáticas.

Al principio de cada página había una fecha, que luego desaparecía hasta las páginas finales. El primer cuaderno databa de seis años atrás, el segundo correspondía a la primavera pasada, y el tercero estaba incompleto. Até aquellos libros con una cuerda que encontré entre los motores y me senté en el suelo, fumando un cigarro. No comprendía el fin de aquel laboratorio ni los trabajos de Johannes, pero una sospecha me hizo levantar. Me acerqué al escritorio y abrí la carta.

"El mundo se muere muy rápido y yo estoy hecho de la misma sustancia que el mundo. Pronto no quedarán más que ruinas y quizás algunos recuerdos. Los pocos hombres que habitamos este caos apenas nos conocemos, apenas sabemos los unos de los otros. Desde la Última Revolución, desde aquella era legendaria en que la red de redes cobró conciencia de sí misma y aniquiló y sojuzgó a las muchedumbres, primero destruyendo sus formas de comunicación y luego sus pueblos, todos somos fantasmas. Pero hay una forma de escapar y acaso de combatir su poder, su terrible vigilancia. He inventado una réplica muy modesta de la Netstag, pero no por ello menos eficaz. Una vez, eludiendo el control panóptico, pude intuir que los antiguos ya la habían ideado y que fue útil para compartir el conocimiento. Te pido que la guardes de todo perjuicio y que la escondas en un lugar seguro: en mis cuadernos encontrarás instrucciones y nombres para armar nuestra respuesta, nuestra resistencia. Es la última oportunidad para la paz y para la libertad. Se llama imprenta.
Tu amigo Johannes Gensfleisch zur Laden zum Gutenberg."



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EUROmodul stand TRANSFORMER 7 Abril 2013 Video Portada
EUROmodul stand TRANSFORMER
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