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El Parque

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Estamos en mitad del invierno. Un cambio apenas perceptible, los días cada vez un poco más largos, nos indica que a pesar de la lluvia y los cielos grises, vamos camino de una primavera nunca tan ansiada. En el parque, los pájaros han roto su silencio y alborotan escondidos entre las ramas de los árboles urbanos, lo hacen al amanecer, cuando la ausencia de coches llena la calle de silencio, y repiten al caer la noche.

Mi vida gira alrededor de ese parque, en el que por primera vez las terrazas de los bares han permanecido más allá del otoño dándole una vida invernal que no nunca tuvo. Los toldos extendidos amparan a una recua de irreductibles fumadores, que han abandonado el calor de otros bares y se refugian en la permisiva intemperie del exterior. Buscando la comodidad, algunos taberneros han sacado el televisor a la calle, las estufas de butano e incluso alguna manta de uso comunitario que va pasando de regazo en regazo.

Ahora los pájaros han callado y ya solo alumbran la calle las nuevas farolas. Son las siete de la   tarde y todavía quedan niños que esquivando los perros del vecindario, tratan de jugar al balón o se persiguen inventando sabe Dios qué historias de malos y buenos. Las niñas se sientan en los bancos que huelen a orines de can y allí visten y desvisten a sus muñecas, se intercambian vestidos y a veces riñen y se disputan alguna pieza de ropa diminuta que han mezclado y ahora reclaman todas como suya. Ya falta poco para que sus madres y padres se las lleven a casa, los bañen y preparen para otro nuevo día de colegio.

Luego, cuando ya los comercios hayan echado el cierre y solo queden abiertos los bares, el parque cambiará para convertirse en un gran retrete canino. Donde antes había niños se reúnen ahora doce o quince dueños de animales, que sueltos –los animales, no los dueños- tomarán como suya toda la explanada. Todos ellos son honrados ciudadanos de día e incívicos guarros de noche, cuando en la penumbra se hace difícil observarles. No se les puede toser, y cuando alguien ha tratado de razonar con ellos se han revuelto afirmando que sus animales tienen que orinar en algún sitio, que no es culpa suya si no hay otro. Que los niños, que tampoco tienen otro lugar donde esparcirse, jueguen entre mierdas de can al día siguiente, les trae sin cuidado; que los bancos y parterres emitan un agrio olor a orines no les importa. El parque es suyo y , como tuvo la desfachatez de contestarme uno de ellos un día, si no te gusta como huele, llévate a los niños a otro sitio.

Y la vida sigue, monótona y fría, lunes, martes y fiestas de guardar, y el parque no es siempre el mismo parque, unas veces es un parque de domingo, de vermú y ropa de misa, otras es un parque laborable, de repartidores al alba y butaneros alborotadores que a gritos disfrutan despertando al vecindario, otras es un parque de café y sobremesa, de parados leyendo las ofertas de trabajo de los diarios locales…

Sí, me gusta el parque.

opinion5_1O Cura de Fruime (desde Pontevedra)

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EUROmodul stand TRANSFORMER 7 Abril 2013 Video Portada
EUROmodul stand TRANSFORMER
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