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Ajedrez

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opinion1Recuerdo un capítulo, un tenebroso capítulo de "El Proceso". Creo que es el séptimo. Un pintor revela al abrumado protagonista la existencia de tres especies de la absolución: la real (que es imposible) la aparente (que es demasiado intrincada) y la prórroga (que es inútil). Imparcialmente todas son inaccesibles y ficticias.

Alego esa memoria como un ejemplo de la pesadilla o del absurdo. La trama de "El Extranjero" es, tal vez, igualmente absurda. Los hechos suceden en Argel: yo sospecho que podrían haber ocurrido en cualquier otro rincón del globo. En las páginas iniciales, Meursault es un oficinista que acude al entierro de su madre. En las páginas centrales, el ejecutor de un árabe. El juicio ulterior es asaz misterioso. Los cargos que se le imputan son de orden moral; el asesinato de un hombre es una cuestión lateral, accesoria.

El Procurador le acusa de no sentir la muerte de la madre, confinada en un asilo de Marengo. La conciencia de Meursault que es indiferente, y por tanto monstruosa- indigna al jurado. No importan los testigos ni la débil defensa; sí, el preciso momento de las emociones, o de una sola emoción. La acusación nos parece increíble, implacable. Copio esta declaración atroz: "Estoy persuadido, señores, de que no encontrarán ustedes demasiado audaz mi pensamiento si digo que el hombre que está sentado en este banco es también culpable de la muerte que este Tribunal deberá juzgar mañana. Debe ser castigado en consecuencia".

En las páginas finales Meursault es condenado a la pena máxima, que es la decapitación. La correspondencia entre El extranjero y El proceso no es sólo judicial: yo me atrevería a declarar que los dos relatos son, esencialmente, la misma pieza. Ignoro si estas líneas inducirán al improbable lector a explorar el incómodo laberinto de "L'Ètranger": a mí me valen para componer un escenario que nos asfixia.

Quienes nos dedicamos a la venta de productos editoriales no encontramos explicaciones (o explicaciones razonablemente satisfactorias) al deterioro y al hundimiento de nuestro mundo. Casi podemos precisar la arquitectura de los efectos (los sótanos o los pasadizos o las oficinas o las audiencias son los artificios de Kafka y bien pueden equivaler al ciclo deprimido de la economía o a la irrupción de las nuevas tecnologías o a las deficiencias propias de la prensa o al simple agotamiento del cliente) pero esa misma arquitectura oculta el mapa, los trazos originales que ideó una mano ajena.

Joseph K. es borrado por una culpa que ignora; Meursault, por otra que no comprende. La magia no es sólo sintáctica: que las dos operaciones (la decapitación de Meursault, el degüello de Joseph K.) procedan de un mismo fantasma que emplea procedimientos simétricos debería hacernos sospechar en una maniobra más amplia, más vasta, que permite instrumentar una especia de arqueología (a la manera de las nueve Troyas sepultadas de Schliemann) pero no recuperar las ruinas, la piedra inaugural, con su color y sus vetas.

Si pudiéramos disponer de una máquina del tiempo parecida a la que imaginó Wells hallaríamos un futuro sin quioscos. Más útil sería un regreso al tablero inicial, a la disposición quieta de todas las piezas antes de que las manos, aquellas manos que acaso hoy ya son polvo, maquinaran la primera estrategia. Ahí nos equivocamos. Nadie podía saberlo, porque el ajedrez es un juego que permite vivir a un álfil aún calculando las diagonales que cumplirá antes de su captura y de su muerte. Mientras una figura resulta útil no es necesario desvelarse por ella, incluso bajo la amenaza de otras mejor posicionadas o más versátiles. Su sacrificio es una mera cuestión de tiempo, un trámite similar a los engranajes administrativos o burocráticos que proponen Camus y Kafka.

Nunca se artículó una ley, un marco legal, una suerte de defensa Caro-Kann que protegiera los movimientos más desafortunados y que alimentara una posible respuesta- donde se explicaran claramente quiénes eran los actores y a qué reglas sometían su apetito o su abstinencia. En la medida que fue progresando el juego unas piezas devastaron a otras: donde antes había una sola torre aparecieron más, hasta constituirse en fortalezas inexpugnables, donde un caballo perdía aliento saltó una manada con su mismo color y su fuerza primigenia, donde una reina servía a su rey se multiplicaron las asombrosas alianzas, hasta la obscenidad, hasta la vertiginosa procreación de espurios y de bastardas. Todos fueron recompensados y traicionados en algún momento: editores, distribuidoras, autoridades municipales y quiosqueros, sólo que quien dispuso el tablero, el señor del juego, siempre supo en qué preciso momento debía romperlo para pedir asilo en otro más cambiante y novedoso y en el que, tal vez, sólo fuera un simple vasallo y no un cadáver al alba. Eso ha sucedido ahora.

¿A alguien le extraña, todavía, las suertes de Joseph K. y de Meursault? Siempre fueron culpables: su indiferencia (o su aceptación) ante cosas o hechos que deberían inquietar a cualquier hombre exigen su eliminación, sus pactos con una maquinaria que nunca quisieron desenredar y que los trasciende el castigo, su terror en ese mundo ilimitado de tribunales y de resortes policiales el patíbulo. Hay algo más desolador que una trama abominable que crece en el silencio y en la oscuridad y en los sueños de los otros. Es buscarla y encontrarla en nuestras vigilias.

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EUROmodul stand TRANSFORMER 7 Abril 2013 Video Portada
EUROmodul stand TRANSFORMER
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