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El que avisa no es traidor

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ShelleyExiste una versión bastante capciosa de la realidad y que da en afirmar que los jóvenes no leen periódicos. Digo versión porque el espectro es aún más lamentable (muchos adultos también desertan del papel) y digo capciosa porque, en realidad, a los jóvenes de hoy no podemos medirlos y clasificarlos de un modo tan frívolo o sin los ajustes naturales de su entorno.

Los jóvenes "sí" leen. Apurar la nómina de sus apetitos sería extenuante: desde que ingresan en un colegio reciben la carga onerosa de varios volúmenes de libros de texto, o la recomendación de tal o de cual lectura para su posterior examen o recensión, o preparan sus trabajos con el auxilio de las bibliotecas.

La penetración del papel durante sus primeros años suele ser determinante y tiene su continuidad en facultades o en módulos análogos: no es casualidad que la máquina más demandada durante este período sea la fotocopiadora, no es baladí que la práctica del ejercicio amanuense, al dictado de cualquier lección o de cualquier temario, genere un ingente volumen de celulosa que incluso admite la encuadernación y su venta o intercambio.

Tampoco es infrecuente sorprender a nuestros jóvenes en centros comerciales, o en mercados como el de Sant Antoni en Urgell, o en librerías de viejo, buscando y encontrando aquel ejemplar del que oyeron hablar o del que cierta reseña despertó su curiosidad.

Los libros emplean un lenguaje silencioso y secretamente llaman a otros libros, en un circuito de trouvailles y de enriquecimientos personales que germinarán identidades y adscripciones de lo más variadas. En ocasiones es menos formal y preconiza el ruido: la irrupción de tal o de cual best seller (al estilo de Tolkien, o de Giordano, o de Coelho) puede alimentar un fenómeno de ventas difícil de explicar, puesto que en nuestra común ignorancia el prejuicio del alejamiento juvenil de la lectura no hallaría un encaje cómodo.

Presuponer que los jóvenes han abandonado el hábito de la lectura no es sólo desconocer que las formas de expresión cambian (y no me refiero puntualmente a la jerga de un móvil o de un chat, pongamos por caso) y que pueden dar lugar a otros lenguajes más ágiles, más dinámicos y más coloquiales. Es insultarlos. Y sólo un editor de revistas o de periódicos podía ser tan pretencioso -y tan imbécil, digámoslo de paso- de menospreciar el futuro de su negocio y además demonizarlo con la excusa de la tecnología o del simple desinterés, sin más valores probatorios.

Si ya constituye un sistema delicado de funambulismos conservar al lector habitual de diarios (y que es el que formula los clichés más negativos en su exploración del producto, tales como el pesimismo general que invade las noticias, o su descrédito, o su tendenciosidad, o su publicidad invasiva y molesta) resulta paradójico comprobar qué ofrece -o qué puede ofrecer- el periodismo tradicional a nuestras generaciones de jóvenes, que sí leen y manifiestan una acusada naturaleza crítica. Les concede exactamente lo mismo: una estructura plana y que además no es nueva (porque posiblemente ya ha sido transmitida en la red y no tiene el valor de primicia) con una especie de ansia de rigor y de profundidad que, desmenuzada en su mismo afán de verdad institucionalizada, sólo revela el estéril muestreo de unos opinadores o comentadores que, a la manera de los antiguos estilitas, se retiran a los alto de una columna para preservar y difundir su palabra.

No satisfecho el editor con que la palabra no se atreva al cambio, le da el uso de soporte para lanzar todos los absurdos imaginables: collares, anillos, utensilios de cocina, piezas de jazz, de rock o de música clásica, películas , edredones, pelotas de fútbol, caramelos... Si el soborno consistente en disfrazar la ausencia de calidad por el oficio del cambalachero ya arroja un resultado más bien pobre en el lector avezado, ¿qué misteriosa conjunción de astros le hace pensar al editor que el joven (si es que realmente alguna vez lo tuvo como objetivo) va a suscribir ese mercadeo? ¿De veras cree el editor que el estado de idiocia en el que vegeta desde hace siglos ha pasado desapercibido para personas que ostentan diplomas y títulos y másters universitarios? ¿De veras cree el editor que su comportamiento gandul, cobarde, sin un mapa de ideas (que incluso ha llegado a volcar el contenido del papel en portales digitales, operación del maquillaje o de la calcomanía por la que además reclaman pagos) tiene el menor efecto en chavales con sus inquietudes, con su agenda, capaces de interactuar en redes sociales y accionar hechos mediáticos, importantes?

Cuando el editor se ha asomado a ese balcón del mundo que es la red lo ha invadido el vértigo: hasta cierto punto es natural, porque ha contemplado la antitesis de su negocio, que es un ensanchamiento del tiempo y una compresión del espacio. Cuando el editor ha pensado en recuperar ese nicho de jóvenes "que no leen" ha sucumbido al error más infantil (por lo egoísta, por lo simple) de la petición de principio: sí, los jóvenes sí leen, pero no traten de comprarles su tiempo. Es algo demasiado valioso para ellos, y ni siquiera sus fuentes de poder y de decisión están en condiciones de competir con ese privilegio. Yo ni siquiera estaría tranquilo bajo ese barniz de creadores de influencias o invocando a la magia en el trono de la verdad: el actual inquilino de la casa más poderosa del planeta rebajó a anécdota el color de su pintura. Si Barack Obama rige los destinos de una nación gracias al uso inteligente de la red, ¿qué nuevos desafíos no emprenderán estos jóvenes "que no leen" con sus ideas y sus movimientos, inmunes al ajetreo de sus cavernas?

Olvidé decirlo: además de su tiempo, tampoco pueden comprarles sus convicciones. Han sido torpes incluso soñando que podían moldearlos como a un golem del barro. Mírenlos, examínenlos desde todos los ángulos, incluso denles la vuelta: son rápidos, hábiles, crean y destruyen cosas desde su capricho o desde su talento, participan, exploran y se informan, pactan y transgreden. Son, finalmente, su antítesis: por eso les han vencido, desde todas las galaxias imaginadas (la de Gutenberg, la de Marconi, la de ahora) y también desde la humilde silla de sus cuartos, leyendo cualquier libro. Es la más hermosa lección de este nuevo siglo.

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EUROmodul stand TRANSFORMER 7 Abril 2013 Video Portada
EUROmodul stand TRANSFORMER
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