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Los quioscos, por DGrumpy

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kiosco5Hasta hace no demasiados años, encontrarse un quiosco en cada plaza o confluencia de grandes calles era lo más normal del mundo. Pequeños lugares de obligado paso para señores con traje y bigote, que diariamente, a primera hora de la mañana, compraban la prensa y un paquete de tabaco. Casetas donde las Marujas de todo el vecindario iban a comprar las revistas del corazón y a ponerse al día de los cotilleos del momento.

 

 

Pero sobre todas las cosas, eran templos casi sagrados del ocio, la diversión y los alimentos de dudosa capacidad alimenticia para los niños del barrio, que de manera casi ritual acudían periódicamente con sus modestos ahorros de la semana, a estos frágiles puestos donde todo tipo de mercancía se apilaba en un par de metros de cuadrados.

Durante años vieron crecer de manera imperturbable a varias generaciones, que empezaban comprado chucherías, cromos o juguetes de bajo precio como los soldaditos de plástico. Años más tarde se convertían en nuestros distribuidores oficiales de cómics y revistas de videojuegos, hasta que finalmente, en plena adolescencia, nos dispensaban de manera casi clandestina alguna que otra revista para adultos e incluso cigarrillos. En ese momento era inevitable la mirada picarona y de complicidad por parte del quiosquero, que nos había visto crecer y que conocía a la perfección a nuestros padres desde hace lustros. Sin embargo sabíamos que no se chivaría, ya que al igual que los curas o los abogados, estos tenderos tenían la obligación de mantener el secreto de confesión.

Del auge a la decadencia

Como antes comentaba, hasta hace poco había al menos un quiosco en cada manzana. Fructíferos negocios que incansablemente abrían todos días desde bien temprano, y que eran regentados por personas de todo tipo y edades, que vendían desde metrobuses a bolsas de patatas y colecciones por fascículos.

Durante todo ese tiempo se decía que era un oficio bastante rentable, que normalmente desempeñaba gente con algún tipo de discapacidad o necesidad especial, que de esta manera podían ganarse la vida de una manera muy digna.

Sin embargo la época de bonanza acabó hace algunos años. Poco a poco la gente ha ido dejando de comprar prensa escrita, los “juguetes de bajo coste” tampoco eran ya negocio, y los niños parece que no compran tantos cromos como antaño. Además la creciente competencia de estancos, panaderías y tiendas de todo a 100 han ido ahogado lentamente a los quiosqueros, que en los últimos tiempos, han ido cerrando poco a poco sus casetas, en muchos casos afectados por la crisis, que les ha terminado por dar la puntilla

Actualmente es muy común encontrarse con quioscos cerrados desde hace unos pocos años, en estado de total abandono, que se están deteriorando inexorablemente y que son victimas de pintadas y actos vandálicos. Esto ocurre porque ya nadie los quiere, y porque los ayuntamientos aun no han retirado estas casetas que fueron testigo de tiempos mejores, en los que el quiosco era un punto de encuentro para los más jóvenes y un lugar de información y cultura para los más mayores.

El quiosco de debajo de mi casa

El quisco que me vio crecer estaba justo debajo de mi casa, en una pequeña plaza con unos pocos árboles y bancos, donde todos los niños pasábamos después del colegio. El dueño era un hombre del barrio, que de joven tuvo un accidente de tráfico y se quedo parapléjico.

Pese a esta desgracia era un tipo alegre y simpático, que siempre recibía con una sonrisa a los indecisos niños que le hacían mil preguntas sobre los precios de los artículos, para así administrar de la mejor manera posible la paga de la semana.

Manolo, el quiosquero, vio crecer a todos los niños y no tan niños del barrio durante los más de treinta años que estuvo en pie su caseta. De vez en cuando su mujer le echaba una mano colocando los periódicos y demás existencias. Todos el mundo les conocía y continuamente estaban saludando por su nombre a los vecinos que por allí pasaban.

Hace unos dos años el matrimonio se jubiló, quedando el quiosco desocupado, a la espera de que un nuevo dueño reabriera el negocio. Aun así, la gente se seguía resguardando bajo su cornisa cuando llovía, y en verano servía de sombra a los jubilados que todavía se siguen reuniendo.

Finalmente el nuevo quiosquero nunca llegó, y el pasado día nueve de abril una grúa del ayuntamiento demolió la caseta, y se llevó todos sus restos y un pedacito de mi infancia en apenas veinte minutos. Ahora tan solo queda un cuadro de cemento en mitad de la plaza, que atestigua que durante varias décadas allí hubo un quiosco, que hizo felices a muchos niños durante mucho tiempo.

Fuete original: http://www.ionlitio.com/los-quioscos

El video

EUROmodul stand TRANSFORMER 7 Abril 2013 Video Portada
EUROmodul stand TRANSFORMER
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